Recorrido
 


ANTE LOS ENCUENTROS CON EL DESTINO

 Por Gaston Diehl*

 Así como lo demostró tan admirablemente Albert Camus, vale mejor no implicar tan sólo el mero azar cuando conviene, de manera más sencilla, tomar en cuenta la voluntad del individuo.  Eso pasa, de modo más que evidente, con Rudy Cotton en su itinerario, de innegable lucidez, recorrido desde su Guatemala natal.

Como poder negar la fuerza de convicción a éste muchacho que, a los 14 años deja San Pedro Sacatepéquez (San Marcos) para seguir su formación artística en la Universidad Popular y en la escuela Nacional de artes Plásticas de la capital, en donde pronto descuella en la Alianza Francesa y luego en el Centro Americano de grabado que le otorga un premio.  Y a sus 23 años vuela hacia París para completar en el 82-83, sus conocimientos en litografía.  Fue en aquel entonces cuando descubrí con sumo interés su participación en el festival de Cagnes al cual colaboro desde su creación; entonces solícito en invitarlo, al año siguiente, junto a los más confirmados, a la exposición de los Cien Artistas Latinoamericanos que organizo en Compiègne y Amiens.

Dichas circunstancias favorables no impiden que resista a la tentación de quedarse en París y así, después de una corta estancia, se aleja provisionalmente de la capital francesa  a pesar del aprecio que siente por ésta.   Aconsejado por su amigo, el escritor Manuel José Arce, decide de instalarse en Albi, al sur de Francia, en donde éste muere poco tiempo después.  Muestra de su valor, prueba de su determinación en instalarse, en la provincia francesa  contando sólo con su pintura como único medio para vivir, y eso a pesar de la soledad y de los muchos sacrificios que tal acto conlleva.

Desde luego, en sus principios, varios organismos de su país no dejaron de alentarlo, asociándolo a exposiciones colectivas internacionales, obligándolo así a esforzarse más para presentar allí sus obras. En cuanto a lo que mí se refiere, trato de ayudarlo haciendo que pueda participar en el ’87, en el Salón de Mayo y en el Gran Premio Internacional de Mónaco; una Mención de dicho premio le permite reforzar su implantación tanto tanto local como internacional.  Luego le presento al director de la Colección Archivos que le encarga la ilustración de la portada de tres obras de Miguel Ángel Asturias, eso por el acertamiento a dichas realizaciones sucesivas.

Y así, con mucho tesón y al cabo de unos años, logra mantener a su familia a pesar de las dificultades y llega a afirmarse ante varios organismos sea regionales: museos centros culturales, galerías, sea de París, e incluso internacionales, hasta que Guatemala le brinda a su vez, en el ’92 y en el ’94, una acogida muy calurosa.

EN LA ENCRUCIJADA

 Su perseverante ardor contribuyó en gran medida a que pudiese seguir con calma la senda que se había trazado, venciendo las dificultades y evitando las trampas que el destino esparció bajo sus pies.  Eso no impide- como le ocurre a cualquier exilado, confinado en el aislamiento, lejos de su tierra natal – que a veces lo asalte una sorda inquietud. ¿No le convendría mejor ponerse a sí mismo en tela de juicio y ceder – como muchos otros- a las falaces tentaciones de la moda parisina?

Finalmente no logra incorporarse a tales equipos, se toma el tiempo de reflexionar ya que felizmente se halla – en su apacible refugio provinciano del cual termina por enamorase- fuera de toda contaminación.  Y aunque le guste echar una mirada atenta sobre lo que pasa en su entorno, o en París, lo que le interesa es aprovecharse de cuanto le puede ofrecer un ambiente francés y enriquecer su experiencia plástica.  Sin embargo lo que prefiere es guardar sus propias convicciones, fortalecerlas con la lectura – que se le propone de manera tan oportuna- de los textos tan vivificantes de su compatriota Miguel Ángel Asturias, lo cual le ayuda a desarrollar y a profundizar todo cuanto lo une con su país, sus mitos y sus tradiciones ancestrales.

Así es como no vacila – a pesar de algún, temor- en mantenerse fiel a la vía ardua del arraigo, en apelar a la memoria sepultada, sin acudir para nada –como se suele hacer demasiadas veces- a la anécdota o al folclor. A lo largo de sus dos estancias más recientes en su país, la acogida que le dispensaron tanto los organismos oficiales  como el círculo artístico, vienen, en su momento, a confortarle en su opción.  Sin embargo se trata de una elección algo difícil moral y materialmente para quien trabaja fuera de su país y a quien le conviene ser aceptado y comprendido por la gente de su entorno a la que él invita a que penetre en el universo insólito que enseña su obra.

 BAJO LA DOMINACIÓN DE LOS SIGNOS Y DE LOS SÍMBOLOS

 Hombre de pasión y de imaginación, como son a menudo los latinoamericanos, Rudy Cotton suele dar rienda suelta a la intuición desbordante que hay en él, y que aprovecha sumamente bien, en la medida que controla muy concientemente la evolución que sigue adrede.

¿No recurre, al principio de su carrera, a un lenguaje simplificado, casi geométrico, con planos y abultamientos que se compenetran, sugiriendo así alguna visión mágica muy depurada? Montañas y nubes que se entrelazan, se transforman a veces en siluetas alusivas, ya sensuales, ya sensibles.  Los sutiles degradados de que se vale tan hábilmente en sus acuarelas, y más adelante en su pintura, no dejan de recordar su práctica de la litografía mediante su dulzura envolvente, en donde parece adivinarse la nostalgia de una tierra tan querida. Temiendo que sus elementales estructuras estáticas estén desnaturalizadas por efectos decorativos demasiado fáciles, nuestro amigo se empeña en modificarlas, animándolas e instalándolas en el espacio. 

No vacila  en fragmentar, en disociar los espacios coloreados  que se transforman en volúmenes que se prestan a una remultiplicación de los juegos de luz, y todo eso crea una cosmología, enigmática y embrujadora, de seducciones cromáticas aún más acentuadas.

Los signos no tardan en cobrar realidad verdaderamente corpórea, en transmutarse en símbolos emblemáticos, como ocurre en esa notable serie en la cual abundan las cruces, y éstas han inspirado comentarios apasionantes tanto de la prensa, como de otros críticos acerca de la interpenetración del motivo prehispánico con la cruz cristiana.  Y nuestro amigo responde con mucha razón: “Mi cruz personal es la pregunta que me hago constantemente a mí mismo acerca de lo que es el Hombre.  La cruz es la vida y la muerte”.

Y a esta simbiosis ya muy clásica Cotton – muy hondamente marcado por su lectura de Hombres de maíz de Miguel Angel Asturias- añade al signo de la cruz “…la floración, en sus cuatro extremos, de semillas portadoras de provenir…” prefigurando así otro libro de Asturias: El árbol de la cruz, que más adelante ilustraría.

 ¿No constituye siempre el factor humano, que todo eso implica, lo esencial, la justificación misma de la obra suya?

En dos series anteriores tituladas por él mismo: La Travesía y Entre ladrillos y raíces, en parte expuestas en el ’92 ¿no había planteado ya –bajo una forma más alegórica, casi abstracta- el eterno problema de la confrontación entre lo vivo y el cosmos, y su destino?

Y con motivo de ello –como lo había apuntado yo en aquel entonces- ¿no se había lanzado a una magistral afirmación de los volúmenes en el espacio? Dirigiéndose a un periodista que había venido a visitarle a su taller, en casa contigua en donde nació Toulouse Lautrec, justifica lo complejo de su situación que define con cierto humor: con un pie en cada orilla del atlántico.  “…En la primera serie quise evocar la ineludible existencia del individuo encerrada entre nacimiento y muerte, mientras que en la segunda asocié  con la contemplación llena de amor por esta ciudad de ladrillos rojos con su majestuosa eternidad, los lejanos recuerdos de nuestros orígenes.

Y si bien es verdad que sus pinturas de gran formato que pude apreciar en su taller, se inscriben dentro de la continuidad de semejante orientación, no dejan,  sin embargo,  de marcar una nueva etapa muy reveladora.

 LOS LUJURIANTES OVILLOS DE LA MEMORIA

 Siempre propenso a someter su empuje intuitivo a una severa elaboración, acude mucho más a una invención de imágenes cuyas posibilidades trata de explorar.

Sus escenas pictóricas elaboradas con sonriente facilidad, toman  simultáneamente en cuenta varios factores.   Así es como se las arregla para que intervenga –y eso con suma brillantez- una multiplicación de signos provistos de asombrosa movilidad en el espacio, y para que, a la vez, él disponga de un abanico mucho más amplio de ritmos y de armonías dominantes.

Aprovechándose de las amplias superficies que a él le gustan, puede conferir a su composición cuidadosamente ordenada una magnífica amplitud.   En un cielo, las más veces inmenso, van multiplicándose estelas luminosas de cometas, de pájaros, o de formas aladas híbridas, tanto animales como humanas, que revolotean libremente.  En su seno se estiran, en unas danzas ondulantes, unas guirnaldas simbólicas de velas encendidas que no dejan de recordarnos la procesión popular tradicional.  Esas están rotas por planos saledizos y por brechas donde se alojan –como en un sueño- unas visiones furtivas de paisajes, de sierras, de volcanes empenachados o de cuerpos truncados.

La unidad de este conjunto de elementos tan dispares está maravillosamente afirmada por un intenso sentimiento poético que se desprende de todo ello –lo que no deja de ser habitual en él – viene a reforzar la sensación de tercera dimensión que une todos estos elementos entre sí.

Alcanza así un doble logro: por una parte, conferir a estas escenas visionarias una trascendencia muy efectiva, tanto más cuanto que es poderoso su deseo –y él lo reconoce perfectamente- de traducir “una expresión de su espíritu hacia lo infinito”, y por otra, incluir en ella retazos de esta memoria para con su país.

De las últimas noticias recibidas desde Guatemala, en donde reside actualmente nuestro artista, no hay duda que encontró con su última propuesta “Martirologio” el buen camino. Este balance acusador entre la vida y la muerte le corresponde bien a su mente, tal como a sus raíces y tradiciones.  Este tema central es difícil y por lo tanto no esta solo.  La propuesta es convincente con el hecho realista de la vida, que ve y descubre cada día, en el llamado “país de la eterna primavera”, huesos, manos, alas, etc., son sueños, símbolos mientras tanto su representación invoca la evidencia de la terrible tragedia.  A pesar  de sus ambientes, llenos de esfumados y enmarcados dentro de cierta geometría, vibra aún así, esa fuerza armónica  muy particular en su pintura: la visión poética  llena de sutileza.   

 Digamos que tales resultados, por parte de éste joven artista muy bien dotado, son prometedores en cuanto a su porvenir y atestiguan, sin ningún lugar a dudas, que él es muy dignamente de la alcurnia de Carlos Mérida  a quien Guatemala y México tanto deben.   

París 27 de septiembre de 1994

Versailles 21 de Abril de 1999

 *Gaston Diehl. Fue Crítico e Historiador del Arte. Catedrático agregado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia; Licenciado en letras, Diplomado del Instituto de Arte y Arqueología de la Escuela Nacional del Louvre.  Fundador y Presidente del Salón de Mayo;  Presidente del Museo de la América Latina; Miembro y Jurado del Premio Internacional de arte Contemporáneo de Mónaco. Dentro de su obra literaria se encuentran grandes estudios sobre la obras de los Grandes Maestros de  Ediciones Flammarion: Matisse, Picasso, Derain, Van Dongen, Pascin, Modigliani,  Vasarely, Max Ernst, Miro, Leger, entre otros.  Falleció el 12 de Diciembre de 1999.  Según su último deseo, su cuerpo fue legado para el servicio de la ciencia.



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